Nadie nos dejó un trono. Nos dejaron una calle, un barrio, y la obligación de buscarnos la vida solos.
No somos reyes porque lo llevemos en la sangre. Somos reyes porque no había nadie que nos lo fuera a dar — así que lo construimos nosotros, ladrillo a ladrillo, sin herencia, sin apellido que abriera puertas.
Esto no es una corona regalada. Es una corona ganada a base de noches que nadie vio, de rechazos que nadie cuenta, de seguir cuando lo fácil era parar.
Kingz no habla de sangre azul. Habla de los que se hicieron grandes sin que nadie se lo debiera.
Construimos la grandeza. No la heredamos.